Este fragmento de "Las cosas que pasan" del cantante Piero, es en lo que pienso por estos días cuando veo las imágenes de las protestas universitarias. Hace dos semanas en Pereira, mientras caía una llovizna de esas que mojan, unos muchachos corrían bajo ella, algunos con uniformes colegiales y otros jóvenes que lo hacían pensar a uno: "Son de la Universidad Tecnológica", sospecha confirmada cuando los que estábamos a las afueras de la Terminal vimos pasar el Esmad y dos tanquetas detrás.
Era obvia e inminente la aprehensión de varios de estos adolescentes que se vieron encerrados por la Policía, algo que ya no sorprende a nadie. Los que estaban conmigo resguardándonos de la lluvia no sabían por qué los perseguían, pero todo parecía tan cotidiano en esa tribuna que ninguno quiso enterarse en qué iba a terminar.
Por estos días hay 500 mil estudiantes universitarios de Colombia que se encuentran en paro por el intento que hace el gobierno para reformar la educación superior. He escuchado a los líderes de la protesta y la verdad es que tienen muy claras sus críticas a esa reforma y lo expresan así cada que los entrevistan; en el programa Hora 20 de Caracol Radio sus argumentos fueron mucho más sólidos que los de la misma Ministra de Educación, María Fernanda Campo.
Los justificados motivos se sustentan en un histórico aumento de los costos para el acceso a la educación superior. Por ejemplo, hoy en día hay estudiantes que luego de 6 semestres cursados en la UTP, su matrícula se ha incrementado en un 500 por ciento. Una comparación simple a este asunto, es que en una universidad privada a lo largo de los 10 semestres el aumento de la matrícula suma en total 150 por ciento o 200 por ciento.
Este es un indicador de la forma en que los costos de educarse en una universidad estatal están en camino de nivelarse con los de las universidades privadas, a las que sólo se accede con una buena solvencia económica, es decir fuera del alcance de los bachilleres de estrato tres hacia abajo. La reforma en cuestión es entonces un paso más en ese propósito, un plan estratégico que comenzó en los 90 y que cada gobierno ha continuado.
Pero los jóvenes estudiantes están solos en su protesta, los lecheros y cultivadores de granos tienen su propia pena y la viven a su manera, cuando están tan relacionados todos con el mismo problema.
Con el modelo de educación pública que existió hasta los años 70 y 80 cualquier bachiller pobre podía estudiar, hoy aumentaron las coberturas, cierto, pero bajó la calidad de forma injustificada pero explicable, porque al tiempo que se impuso el modelo de ampliación de cobertura, se volvió cada vez menor año por año el incremento de presupuesto para educación y salud, dinero que se invirtió en material bélico y el sector financiero con el salvamento a los bancos hace una década durante el gobierno Pastrana. Ello obligó en un principio a descongelar el costo de las matrículas universitarias y comenzó la línea ascendente.
Con el modelo de educación pública que existió hasta los años 70 y 80 cualquier bachiller pobre podía estudiar, hoy aumentaron las coberturas, cierto, pero bajó la calidad de forma injustificada pero explicable, porque al tiempo que se impuso el modelo de ampliación de cobertura, se volvió cada vez menor año por año el incremento de presupuesto para educación y salud, dinero que se invirtió en material bélico y el sector financiero con el salvamento a los bancos hace una década durante el gobierno Pastrana. Ello obligó en un principio a descongelar el costo de las matrículas universitarias y comenzó la línea ascendente.
La crisis económica de las universidades llegó a niveles que ni los más uribistas directivos de centros de educación superior, como en el caso de Luis Enrique Arango de la Universidad Tecnológica de Pereira, le caminaron al punto del referendo del presidente Uribe que afectaba de forma más dolorosa sus finanzas, porque se iban a estancar las destinaciones presupuestales que año por año deben recibir las universidades para su sostenimiento.
Más terrible aún es la situación de la Universidad de Caldas, donde Ricardo Gómez, proveniente la Andi y del sector gremial, no tiene otra mentalidad que la de visualizar desde un punto de vista de la rentabilidad la "empresa" que hoy tiene a su cargo.
Entonces hay varias formas de ver como la educación se está volviendo cada vez más privada y menos pública, menos del pueblo más del capital. Hasta los años 80 en los estratos bajos se tenía más posibilidad de estudiar en las universidades del Estado, el esfuerzo económico era menor y la calidad mayor, hoy se invirtió esa relación, porque a estos centros les obligan a gestionar sus recursos y por eso se los imponen a los mismos ingresados. Valga decir que no hay un solo posgrado que tenga un costo de universidad estatal, es igual cursarlo en una universidad pública que una privada.
Con la asfixia económica, las universidades debieron aceptar que debían competir por recursos aumentando cobertura (Ley 30), afectando de manera grave la calidad, un juego riesgoso impuesto desde esferas muy superiores.
En la actualidad todas las universidades públicas está metidas en el asunto de competir, ocupando más tiempo para obtener recursos sobreexplotando su capacidad instalada, lo cual terminará forzando a buscar nuevas fuentes de sostenimiento: en el escenario aparecerá la injerencia y condiciones del capital privado, ya sea por vía del endeudamiento o por la capitalización. Eso sólo es posible si se muestran indicadores de capacidad de pago y ya sin el presupuesto asignado por el gobierno, entonces no quedará otra opción que subir los costos de los servicios prestados, es decir, el estudiante se vuelve un cliente que a su vez debe endeudarse recurriendo al crédito. Los costos terminan siendo tan elevados que la inversión en educación jamás se recupera; se necesitaría trabajar hasta los 85 o 90 años para lograr el retorno de la inversión.
Hoy más que nunca el carácter público de las universidades tiende a desaparecer. Ya no será posible sostener las coberturas ya alcanzadas a menos que sean más altos los costos de educarse para obtener la sostenibilidad y así llamar la atención del capital privado, que siempre busca rentabilidad. Muy pronto la respuesta que se le dará al estudiante que proteste es que si no puede pagar será mejor que se inscriba en un curso en las cajas de compensación, es decir, que se dedique a los oficios varios.
La calidad seguirá bajando porque irán desapareciendo los docentes mejor calificados pues ya no habrá capacidad de pago por su trabajo en las universidades públicas y toda esa situación determinará a la postre la entrega por completo de la educación superior estatal al capital privado.
La coyuntura que hoy viven los 500 mil universitarios en paro es decisiva, los bachilleres pobres de los próximos años probablemente se gradúen con la frustración adelantada de no poder cursar una carrera profesional, a menos que la lucha de estos jóvenes sea fructífera y en ese caso su lucha se vuelve la mía, la del padre de familia, la del egresado, la del docente y prácticamente la de 45 millones de colombianos. ¡Qué sigan corriendo los estudiantes y con más bríos que nunca!



2 comentarios:
Es verdad que desde que los estudiantes esten corriendo por las calles es que algo pasa, algo como la privatizacion de la educacion publica. Esto demuestra que la conciencia y la organizacion del movimiento estudiantil es ahora fuerte a nivel nacional y continental. Santos y la ministra se han equivocado de cabo a rabo si creyeron que la conseguirian facil.
Sin duda Germán. Desde que los muchachos lograron organizarse también volví a sentir que hay mejores expectativas para el pueblo.
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